Carlos Enrique Salazar Cruz

Hombre integral, artista, deportista, culto, de ideas firmes, recalcitrante en su afán de la conservación del medio ambiente, amante de la lectura, ávido de conocimientos a pesar de su ya recorrido camino, se entusiasma por compartir lo que aprende, vive y disfruta del medio natural que le rodea. Vive cada día con la esperanza de un mundo mejor, pero más allá de eso se esfuerza por que su vida sea un aporte de cultura y conciencia conservacionista a nuestra sociedad.



Carlos Salazar Cruz ha dedicado su vida a tres grandes propósitos: primero la música, en especial el Jazz y la guitarra, segundo la protección de la naturaleza y el estudio de la cultura de los ancestros mayas y finalmente la educación de sus cuatro hijas que aprendieron con él a ser independientes, hablar inglés y manejar un automóvil, su “herencia” en vida. En estos más de 60 años de acumular vivencias, Carlos se enorgullece por conocer y mantener relación amistosa con muchas de las figuras del mundo cultural guatemalteco y también disfruta de dar a luz diferentes teorías acerca de los más variados temas.

De humor ácido, crítico por naturaleza, gran conversador, amigo de sus amigos, cordial enemigo de los que no lo son, Carlos ha devorado libros, estudios, tesis y ensayos para saber más. Arte, religión, filosofía o ciencia no son más que fenómenos o revelaciones de la verdadera esencia humana. Hombre, perfecto y verdadero hombre, sólo es aquél que tiene sentido estético o artístico, religioso o moral, filosófico o científico, en fin: “Nada humano le es ajeno” que diría Terencio.

Ha dejado la vista en incontables horas de curiosidad intelectual que le han hecho acreedor de un vasto conocimiento que sólo su esquiva sonrisa de satisfacción delata. No es casualidad que ostente con orgullo el carnet número uno del Instituto Guatemalteco de Turismo o que sus hijas crecieran jugando en la sagrada ciudad de Tikal. Hijo de Don Mundo y Esperanza, Carlos le pide a la vida sólo dos cosas: seguir leyendo acerca de los temas que le apasionan y tener siempre cuerdas en su guitarra. Como Fray Luis aspira a pasar su vida “ni envidiado ni envidioso”.

• El proyecto de la estación científica “Laj Ketz” nace en 1992, cuando Carlos Salazar toma posesión del terreno de la estación (3.3 hectáreas a orillas de lago Petén Itzá y colindante al norte con un corredor imaginario que conecta puntos importantes de conservación), encontrándose en ese entonces impactado por incendios y depredación de madera, casi despoblado de especies animales silvestres.

En estos años ha recuperado e incrementado la cobertura boscosa y ha reforestado las áreas posibles con métodos de bajo impacto. En la actualidad se observa un crecimiento ostensible de la población de especies de mamíferos, aves y otros.

Le ha tomado varios años construir lo que constituye el núcleo de la Estación, básicamente para cubrir las facilidades mínimas, requeridas para las actividades de la Estación, que son de investigación, enseñanza y ecoturismo.

Ha sido amistosos y consecuente con el medio ambiente natural del entorno. Laj Ketz, es un laboratorio vivo que Carlos ha llevado a cabo por sus propios medios, con el ideal de contagiar su ideal de conservación a todos.